La Rosa de Jericó, es un preciado amuleto natural la planta que resucita una y otra vez, se utiliza para bendecir los hogares ahuyentando las malas influencias y atrayendo la paz, el poder y la abundancia al mismo. Según la creencia confiere suerte en los negocios, habilidad en el trabajo, ofrece salud, fuerzas, felicidad y, sobre todo, tiene la propiedad de trasformar las energías negativas en positivas en el lugar donde se encuentre. Es muy fácil conservar y mantener una Rosa de Jericó. Sólo necesita agua limpia y una temperatura no excesivamente alta. Se coloca en un recipiente cualquiera y se cambia el agua de vez en cuando tratando de no dañar las pequeñas raíces. Si queremos que la planta descanse y se vuelva a secar la retiramos del agua y la dejamos secar sobre un papel a temperatura ambiente y en semioscuridad se volverá a plegar sobre sí misma y se secará, Si pasado un tiempo queremos recuperarla otra vez, lo único que tenemos que hacer es volverla a poner en contacto con el agua y la Rosa de Jericó nos ofrecerá una vez más un derroche de belleza.
Cuenta la leyenda que, cuando Jesús se retiraba a orar al desierto, la Rosa de Jericó, arrastrada por los vientos, se detenía dulcemente a sus pies y, de madrugada, después de abrirse con el rocío de la noche, ofrecía al Maestro las gotas de agua de sus ramitas. Jesús las tomaba con las yemas de sus dedos, llevándolas a los labios para calmar su ardiente sed. Conmovido, la bendijo.
Especie única, cuyas ramas tienen la propiedad de contraerse con la sequedad, permaneciendo cerradas y secas durante muchísimos años, hasta que la humedad o el contacto con el agua vuelve a abrirlas, recobrando de este modo su frescura y belleza.
Arrancadas del suelo por el viento, éste las arrastra a su merced, convirtiéndolas en viajeras obligadas a través de estepas y desiertos, cruzando las fronteras de diversos países de Asia y otros continentes, y diseminando sus semillas por todos ellos. Posiblemente este errar interminable diera forma a la leyenda de Jesús en el desierto.
Oriundas de Afganistán, proliferan en los desiertos de Arabia, Egipto, Palestina y riberas del Mar Rojo… Pero no crecen, sin embargo, en la ciudad de Jericó; si bien es cierto que, miles de años atrás (sobre el segundo milenio antes de Cristo), ricos hacendados y comerciantes de esta ciudad las traían desde los lugares más lejanos, como un preciado talismán para bendecir sus casas o negocios y librarlos de los invasores. Pudiera ser que el esplendor de Jericó en esta época diera nombre a la planta.
Esta viajera incansable puede acompañarnos durante muchos años de nuestra vida. Podemos ofrecerla como legado a nuestros hijos para que siga protegiendo a nuestros descendientes ya que muchas familias españolas atestiguan haberla tenido durante varias generaciones que han llegado a sumar hasta cien años.
Fabricante: Varios
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